Con el Sol a cuestas. Día 7: Catando el Egeo



Y llegó el día en el que debíamos cambiar de país. Y así fue. Nos acompañaron hasta el puerto y allí nos indicaron la oficina donde comprar los billetes de barco a Samos. Tuvimos que esperar un rato pasaporte para aquí y pasaporte para allá, pero finalmente y para nuestro alivio no perdimos el barco. No sabíamos qué barco esperar si uno muy grande o uno pequeño, con cubierta exterior o todo cerrado. Pasamos el control de pasaportes y de billetes y fue cuando vimos que el barco era más bien pequeño. Iba más bien lleno y las mochilas se agolpaban en una de las esquinas del barco, pero como llegamos pronto pudimos coger sitio. En cuanto el barco zarpó mucha gente se levantó y fue a mirar cómo dejábamos atrás Asia, al otro lado nos esperaba la cuna de Europa. La distancia entre Kusadasi y Samos es muy pequeña, digamos que unos 15 km, pero el barco tardó alrededor de unos 90 min; rápido lo que se dice rápido no fue.

Hasta pronto Turquía

Llegando a tierra griega


Nos dejó el barco en el puerto de Vathy, al noreste de la isla. De allí fuimos a una agencia a preguntar dónde podríamos dejar las mochilas y dónde comprar los billetes para nuestra siguiente parada: Ikaria. Habíamos planeado el viaje para pasar el día por Samos y dormir en Ikaria. En esa misma agencia nos vendieron los billetes y pudimos dejar las mochilas, la verdad que muy bien. La putada fue que el barco hacia Ikaria ese día salía desde el puerto más lejano, Karlovasi, con lo que nos recortaría algo de tiempo. Preguntamos donde estaba la estación de autobuses y nos indicaron que al final del paseo. Nos acercamos hasta el lugar y vimos que no se trataba de una estación sino de una parada. Preguntamos y consultamos el horario del bus que nos cuadrara hacia Karlovasi, estaba más o menos calculado para no esperar demasiado. Ya libres de mochilas y preocupaciones decidimos cómo pasar el día. Lo primero que hicimos fue acercarnos a empresas de alquiler de coches y/o motos pero estaban a reventar y sin ningún coche disponible. Vale, la primera en la frente. Nuestra segundo opción fue ir donde Aristóteles a alquilar unas bicicletas para por lo menos poder acercarnos a algún lado. El buen hombre poco a poco nos sacó 4 bicis que puso a punto con esa tranquilidad característica de las gentes de estos lares. Poco inglés chapurreaba, pero nos entendimos a la perfección y después de una larga espera estábamos todos con las bicis. Decidimos poner rumbo a una playa, ya habíamos consumido demasiado tiempo de aquél día tan soleado. Nuestra idea inicial era la de andar unos kilometrillos en bici por la isla y parar en alguna cala (había indicada una a unos 5km), pero no caímos en la cuenta de las subidas y bajadas que había en la isla. Nada más salir del puerto tuvimos que subir una que fue descomponiendo nuestro pequeño grupo. Nos costó reunificarlo pero ya todo fue bajada hasta la bonita playa de Gagou. Buscamos un lugar para aparcar las bicis, pusimos los candados y nos hicimos un hueco en la playa de aguas cristalinas, eso sí, de guijarros. Allí estuvimos un buen rato disfrutando del agua, el sol y la tranquilidad.

Playa de Gagou


Cuando nos quisimos dar cuenta teníamos el tiempo encima y aún no habíamos comido, qué mejor lugar para comer que a pies de la playa. No lo dudamos y nos sentamos en la terraza de uno de los dos restaurantes de la zona. Elegimos bien, entre las pocas opciones por precio y calidad. Reposada un poco la comida tocaba subir la mega cuesta con las bicis, pero luego sería bajada hasta la tienda donde las alquilamos. El sol pegaba y la comida pesaba, pero el kilómetro y medio de distancia lo superamos sin mayores altercados. Sí, habíamos cogido unas bicis para hacer la escandalosa distancia de unos 3 km ida y vuelta, cosas que haces sin pensar, bien nos habría salido la caminata más barata y no hubiéramos tardado mucho más. Devolvimos las bicis a nuestro amigo Aristóteles y fuimos hacia la parada de bus. Aún quedaban unos minutos para que llegara así que decidimos sentarnos en la terraza del bar de la “estación” y yo degustar mi primer Ouzo en tierras griegas. El trayecto hasta Karlovasi fue bastante bonito por carreteruchas que rodeaban la isla entre pinos a un lado y el mar al otro. Los escasos 30 kilómetros de distancia se hicieron largos en tiempo, pero con esos paisajes no nos importó. Una vez en el puerto decidimos buscar una sombra y descansar hasta la llegada del barco. Esta vez sí, el barco era de los grandes, un ferry en toda regla. Una vez dentro fuimos en busca de la cubierta, pillamos unas sillas y una mesa y allí que nos apoltronamos. Nos despedimos de nuestra corta visita a Samos y entre risas, juegos y fotos llegamos al puerto de Agios Kirykos en Ikaria.

 
Esperando al segundo plato

Devolviendo las bicis

Karlovassi

A la sombra

En el barco

El precioso Mar Egeo

Ikaria


No habíamos reservado nada y el lugar no era para nada turístico, es una de esas islas tranquilas habitadas por lugareños con su bigote griego y jroñas en las puertas de las casas. Dimos una vuelta por el pueblo a ver qué veíamos y solamente encontramos un hostal en el que no había nadie en recepción y luego un hotel en el que no había sitio. Volvimos a la plaza del pueblo a preguntar en los establecimientos y así dimos con “Madaleno”, un afable griego ikario. Él alquilaba habitaciones, aunque por el camino nos avisaba de que no eran lujosas, pero por el precio que nos las iba a dejar no estábamos para pedir exquisiteces. Llegamos hasta el edificio acompañados por él, subimos las escaleras y nos enseñó las habitaciones, viejas, pero que cumplían su función. Nos apañaba. En ese momento su mote surgió, en los pocos minutos que estuvimos dentro del edificio no paró de gritar a una pobre muchacha que era la que limpiaba y organizaba las habitaciones “¡Maaadaleeena!” decía, bajaba dos escalones y repetía “¡Maaadaleeena!”. La pobre Madalena que estaba trabajando no rechistaba, pero sí le metía buenas miradas. Dejamos las mochilas en un rellano a son de “¡Maaadaleeena!” y salimos a la calle. Ya volveríamos después a afincarnos, había que explorar y llenar el buche. Nos decantamos por la Taberna Klimataria y confirmamos lo que ya sabíamos, ¡qué buena está la cocina Griega! En el poco rato que llevábamos en la isla nos empezamos a dar cuenta del por qué la esperanza de vida de los Ikarios es una de las más altas de Europa. El relax, la tranquilidad y la buena comida seguro juegan un importante papel. No duramos mucho tiempo, acumulábamos bastante cansancio y por segundo día consecutivo no íbamos a dormir en un autobús sino una cama. Acudimos a la llamada de este tan apreciado mueble y descansamos hasta el día siguiente.







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Con el Sol a cuestas. Día 6: ¿Dónde está el agua?



El autobús llegó a Denizli, el hinchador nocturno había hecho de las suyas y todos nos levantamos con el pie bota. Estábamos en la estación a las afueras de la ciudad, nos hicieron bajar y a todos los que lleváramos rumbo a Pammukale nos subimos a un bus contiguo. En unos 15 minutos llegaríamos al destino. Allí, muy amablemente, nos permitieron dejar las mochilas en el lugar que hacía como agencia de viajes-estación. El pueblo era pequeño, tres calles y unos cuantos alojamientos. Estábamos muertos de sueño, con los pies hinchados y el tiempo no acompañaba. Hacía algo de fresco y el cielo estaba bastante nublado con previsión de lluvia. Aún así, liberados del peso en la espalda caminamos hacia los travertinos. Lo primero que vimos fue una impresionante montaña teñida de blanco por sus tres laderas. Hicimos unas cuantas fotos desde una zona donde hay una pequeña terma, un lago y unas piscinas. Luego nos acercamos a la taquilla, pero aún estaba cerrada, nos sentamos y tuvimos que esperar un rato, pero fuimos los primeros en entrar y la verdad que es una pasada tener aquello para ti solo. O al menos esa fue nuestra impresión al entrar al recinto. Antes de llegar a las blancas terrazas hay un banco donde te has de descalzar si quieres continuar, así que eso hicimos. Fue en ese momento (aunque ya estábamos avisados) cuando nuestros pies notaron el áspero algodón que da nombre al lugar (“pamuk” es algodón en turco). Muy bonito en las fotos, precioso en las postales, pero te aseguro que andar descalzo por ello molesta, y bastante. En todos los lados pone que está húmedo y que es mayor el riesgo de resbalarte, pero me río yo de eso, el agua brillaba bastante por su ausencia, pero ya llegaremos a eso. Empezamos a escalar por la blanca montaña buscando alguna terraza con agua termal para meternos, pero en ese momento un pitido desde abajo nos avisa que no podemos seguir por esa zona que tenemos que volver al camino. Estábamos ya en medio de la montaña y la gente que venía detrás nos había empezado a seguir, con el consiguiente entuerto para el cuidador. Fuimos volviendo al camino como pudimos, pero tardamos bastante. Al poco rato empezó a llegar gente de la parte de arriba, habían entrado por la puerta sur. Veíamos como las terrazas que tenían agua se iban llenando poco a poco. Por el camino de subida metimos los pies en unas cuantas terrazas, pero el agua estaba helada, así que desistimos en meternos.

 
Pammukale y travertinos

Esperando a que abrieran

El banco para quitarse el calzado

Bonito sí, pero ¿y el agua?

Andando por zonas prohibidas

Desde lo alto de la zona prohibida

Volviendo a la senda adecuada

Testeando el agua fresca

Una de las piscinas

El canal, Gala y los travertinos



 Poco a poco el lugar nos iba decepcionando más y más. El sitio está muy mal cuidado, no existe control alguno del turista más que tres cuidadores a lo largo de la montaña con un silbato, y da vergüenza ver a las hordas de domingueros como si estuvieran en la piscina de un hotel de Benidorm. A eso hay que sumar que el sitio está más seco que la mojama, no hay ni un 5% de las terrazas que lleven agua, y el 80% que sí la llevan es agua estancada y fría. Existe una corriente de agua termal que va a los lados del camino, pero creo está mal aprovechada y podía haber sido canalizada. O si me apuras restringir una zona  para baños de las visitas. En fin, que la paliza de viaje para verlo no me mereció la pena. Llegamos a la zona de arriba, que estaba atestada de niños, turistas y asiáticos sacando fotos a todo y todos. Nosotros llegamos con la intención de buscar más partes donde se pudiera estar más tranquilo, pero no te dejaban entrar a ninguna otra terraza. Es decir, solo una pequeña zona con poca agua y llena de gente sin cuidado; el sitio perfecto. Otra cosa que salvo de la visita (además del momento inicial de esto es para nosotros solos) son las ruinas de Hierápolis. Las ruinas de esta ciudad que data de dos siglos a.C. están en lo alto de la montaña, pero eso sí, la esencia de la misma se ha perdido un poco ya que el lugar está bien plano, con pasarelas de madera y setos bien cortados. Todo para que el turista se sienta cómodo si le apetece pasear por la zona, porque el 80% de ellos se quedan en el travertino o en la piscina (en la que hay que pagar aparte por entrar). Es atroz el ver a personas en bikini o huevera haciéndose fotos con las ruinas como si fuera un photocall veraniego a la entrada de una piscina. Por lo menos, muy lejos no caminaban y la mejor zona de las mismas estaba más alejada, destacando el teatro romano. Un poco decepcionados y sin sol para que nos animara, decidimos volver. Por el camino decidí que me ponía el bañador y me bañaba, había que aprovechar la oportunidad. Encontré una terraza medio templada y me metí, no es que estuviera caliente pero al menos me había bañado en Pammukale. Lo que también hice fue meterme en el canal paralelo al camino, donde el agua si bajaba caliente y donde se estaba muy a gusto.

Hierápolis

Tras el arco

Ruinas

En el teatro

Metiendo los zancos

En el canal

Atención a la chica embarrada de la derecha

Bajando hacia el pueblo


De vuelta en el pueblo decidimos entrar a un lugar a comer algo. Aquel restaurante que parecía más la casa de una señora del pueblo hizo que nos retrasáramos bastante antes de coger el dolmus hacia Denizli, si le dábamos caña podríamos coger un tren hasta Selçuk, ya casi a pies del Mediterráneo. El bus nos dejó en la estación de autobús, preguntamos por la de tren y corriendo con las mochilas dimos con ella y compramos los billetes. El tren llegaba con algo de retraso, y pudimos recuperar así el aliento. El tren era bastante nuevo, no era incómodo para nada, pero se fue llenando poco a poco y según avanzábamos parecía más un autobús de línea que un tren de media distancia. Con lo que al final pensamos que el autobús habría sido algo más cómodo, al menos no tenías varias personas rodeándote con el culo en tu cara. Cuando llegamos a Selçuk teníamos la opción de visitar Éfeso si nos dábamos prisa, pero el sol abrasador hizo que por unanimidad decidiéramos que sería mejor dejar de lado el andar 2h por las ruinas e ir hasta Kusadasi, ciudad donde teníamos reservado el alojamiento y última parada antes de poner rumbo a la vecina Grecia. Por suerte, la espera al autobús no fue muy grande y pronto llegaríamos a la ciudad portuaria. Allí tablet en mano y gps encendido conseguimos llegar a nuestro hostel. El lugar era viejo, pero tenía un patio con una piscina que no tardamos nada en aprovechar. Ahora sí, estábamos en la gloria. 

Descansados decidimos pegarnos una ducha y antes de poner rumbo a ver un poco el pueblo y buscar un sitio para cenar. Preguntamos al dueño por los barcos a Samos, nos dijo que para cuando y que él lo gestionaba, a la mañana siguiente nos acompañaría al lugar para pagarlos y recogerlos. Salimos del hostal y nos perdimos por las callejuelas del centro, que estaban bastante llenas de gente, la tarde era agradable para pasear, pero el estómago llamaba y fuimos a un lugar que previamente habíamos leído que estaba bien. Con el buche lleno dimos un paseo por una especie de mercadillo-bazar-tiendas callejeras. Creo que no hace falta explicar la ilusión que me hizo en ese momento estar con tres mujeres. Por lo menos disfruté de la buena noche que hacía. Pusimos rumbo de vuelta al albergue y nos acostamos, al día siguiente cambiaríamos de país.




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