Con el Sol a cuestas. Día 5: Diciendo adiós desde las alturas

DIA 5 CAPPADOCIA


Y sonó el tan temido despertador. Cual zombis fuimos vistiéndonos y acicalándonos, salimos fuera de la casa a la espera del todoterreno que nos llevaría a nuestra cita con los globos. No tardó en llegar, aún era noche cerrada. Nos llevaron hasta una casa y nos dejaron en una azotea con un buen desayuno que pudimos disfrutar tras completar el papeleo pertinente. Allí mismo nos separaron en los grupos que montaríamos en los globos, para intentar no deshacer ninguna pareja o grupo de amigos. Tras un buen rato al fresco amanecer y bien reposado el desayuno, nuestro chófer llegó y nos llevó hacia la gran explanada desde la cual iniciaríamos el vuelo. Los bostezos se habían repetido durante las escasas dos horas que llevábamos despiertos, pero al llegar a la explanada todo el mundo despertó. Y no era para menos. La cantidad de globos que se podía observar era impresionante, la claridad empezaba a llegar y las grandes llamas llenaban de aire caliente las lonas que nos elevarían por los aires. Cuando llegamos, algunos de los globos ya estaban volando, pero la mayoría aún estaba en tierra esperando al momento perfecto para despegar. Nuestro capitán llegó, nos vaciló y se dispuso a llenar el globo de aire caliente. Hubo un intento fallido y se tuvo que volver a empezar de nuevo. Los nervios crecían ya que ahora la mayoría de los globos habían despegado. Después de unos cuantos minutos el globo se puso en pie y fuimos entrando a la cesta. Una vez todos montados el globo despegó.

Globos preparándose

Aire caliente para llenar el globo

Primer intento fallido

Desde la cesta




La sensación de despegar en globo para mí fue la esperada, muy tranquila y casi sin darte cuenta de que cada vez subías más y más, pero a una lenta velocidad. Me fijé en los globos de tu alrededor escrutando sus trayectorias por si fueran a encontrarse con las tuyas. Mire hacia el suelo y ya estábamos bastante altos, la claridad era mayor y no tardaría en salir el sol detrás de una montaña. La vista hacia el otro lado era impresionante, motas de colores salpicando el cielo azul bajo un paisaje espectacular que poco a poco iba viéndose más claramente. No tardó mucho en aparecer el sol y pintar de un color anaranjado las chimeneas y la roca calcárea. La estampa difícilmente se me podrá olvidar. El viento nos llevaba a su merced y el capitán solo podía dar más o menos altura, todos los globos volábamos hacia la misma dirección. Era curioso ver por las carreteras cercanas a los coches todoterrenos de las compañías intentando averiguar dónde pararían los globos. Después de más de una hora de vuelo, cientos de fotos y una experiencia inolvidable, el globo empezó a descender. El aterrizaje fue coordinado con la gente de tierra, buscando un lugar accesible para el coche y desde donde evitar que la lona nos sepultara. Pisamos tierra de nuevo, nos regalaron unas medallas y una copa de champán horrible. Nos llevaron de vuelta al albergue. Allí nos metimos a nuestra cueva y decidimos descansar un poco.

Amaneciendo desde las alturas

Subiendo

Colores en el cielo

Los rayos del sol

Pasando cerca de las chimeneas

Demasiado cerca


Al levantarnos aún quedaba algo de desayuno, así que volvimos a desayunar. Decidimos la rutilla de nuestro último día en la zona y fuimos a coger el bólido, no sin antes dejar las mochilas a buen recaudo. Nuestra primera parada sería Derinkuyu, donde íbamos a visitar su ciudad subterránea. En toda la zona de Cappadocia se han encontrado diversas ciudades excavadas en el interior de la roca volcánica, ciudades que probablemente fueron habilitadas entre el siglo VII y VIII AC por los frigios aunque hay estudios que datan que las ciudades fueron construidas por los hititas antes del S XII AC. La ciudad subterránea de Derinkuyu es la más grande de todas, albergó hasta 20000 personas en su interior y tiene infinidad de entradas. Su profundidad alcanza los 85m, solo una parte de los túneles y pasajes están abiertos al público. Los túneles han sido usados hasta principios del S XX, concretamente después del intercambio de poblaciones griegas y turcas en 1923. No fue hasta 1963 cuando se redescubrieron estas ciudades y cuando muchas han abierto al público. La verdad es que entrar fue toda una experiencia, ya no solo por la antigüedad sino por la profundidad y extensión de la misma, andabas y andabas y aquello no acababa nunca. No apto para claustrofóbicos, personas asmáticas y obesas. Los túneles son a veces muy estrechos y se nota dificultad para respirar en lo más profundo.

Mapa ciudad subterránea (sometimes-interesting.com)



En el interior

Una de las cavidades


 Al salir de la ciudad y volver a ver el sol un grupo de vendedoras nos rodeó intentando vendernos unas horribles muñecas, Gala y yo conseguimos escapar ya que Fani tenía intención de comprar una porque una amiga suya colecciona muñecas feas. Gala y yo estábamos ya en el coche cuando vemos al par de dos venir corriendo perseguidas por las vendedoras. Si la situación hubiera ocurrido en un día nublado, puedo asegurar que sería digno de película de terror. Las mujeres, que delgadas no estaban precisamente, no dejaban de sonreír maléficamente a la par que sostenían las diabólicas muñecas  y corrían a nuestro encuentro. Gala y yo instintivamente cerramos las puertas y subimos las ventanillas, pero no lo suficientemente rápido. A la par que Fani y Ángela llegaban al coche y se metían a todo correr, una muñeca impactó en mi pecho. Lo siguiente que vi fue una maléfica sonrisa y una mano dentro del coche pidiendo dinero por el diablo hecho trapo. Casi en estado de shock devolví la muñeca a la vendedora que no quería cogerla. En el momento que no se lo esperaba acabó con la muñeca en las manos y yo acelerando huyendo de ellas, costó que se apartaran para no atropellarlas, pero finalmente pudimos huir. Fani luego nos contó lo ocurrido. Ingenua de ella pagó a una de las mujeres para comprar la muñeca y ésta no le daba la muñeca, con lo que se enzarzaron en un debate dialéctico de altos vuelos: “O money, o muñeca”, finalmente le cogió la muñeca y es cuando la historia se enlaza con la que ya he contado. 

Satán
 
Huyendo del pueblo maldito en nuestro mega coche, pusimos rumbo hacia el valle de Ihlara. Un cañón natural de 100m de altura formado por el río Melendiz. Llegamos por carretera hasta el pueblo de Belisirma, desde lo alto pudimos observar una panorámica del cañón y visitar una de las cientos de antiguas iglesias y viviendas excavadas en la roca que abundan por la zona. De ahí bajamos al río, donde nos encontramos de nuevo con importantes cantidades de turistas. Aparcamos el coche y salimos a dar una vuelta. Hay una entrada al valle que lleva a una camino de 7km por el valle con acceso a diversas iglesias y casas, pero que por falta de tiempo decidimos no realizar. Lo que hicimos fue cruzar el río y dar un paseo por su linde a la sombra, hasta decidimos meternos en el río (solo hasta las rodillas) y refrescarnos. El hambre azuzaba, volvimos a donde habíamos dejado el coche y pedimos sitio en uno de los restaurantes con chocitas sobre el río. Por suerte había una choza semi libre, un seños rezando en ella que estuvo unos minutos y donde pasamos al poco rato. Aquello era la gloria, el río bajo tus pies, techo para parar el sol y una brisilla. Nos descalzamos y también refrescamos nuestros pies mientras esperábamos la comida.

 
Iglesia antigua en la roca

Detalle de la iglesia

Ihlara Valley

Refrescándonos

Nuestra mesa



La tarde se nos echaba encima, teníamos que devolver el coche, y el camino de vuelta con nuestro bólido nos iba a llevar a algún tiempo, así que nos metimos en el coche de nuevo y fue Fani la que nos llevó de vuelta hacia Urgup. Antes de entrar al pueblo nos paramos en unas formaciones fálicas que había en la entrada para echar unas fotos. Devolvimos el coche y pagamos unas liras al muchacho para que nos acercara de nuevo a Goreme. De allí saldría nuestro autobús nocturno hacia Pamukkale. En Goreme, mientras estas descansaban en una terraza yo me fui a  visitar el poblado y a contemplar la puesta de sol desde lo alto. Reunidos de nuevo fuimos a por las mochilas al albergue, nos despedimos y esperamos en la estación. El autobús no estaba mal, pero íbamos a pasar demasiadas horas en él como para que fuera lo suficientemente cómodo. Una de las paradas que hizo el autobús fue en Konya, de la que recuerdo una gran mezquita delante de la estación. Intenté dormir lo máximo posible hasta que el bus llegara a Denizli. 



Adopta un falo-roca
Goreme

Goreme




  Índice                                                                                                                     Siguiente Capítulo